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Game Over

Game Over

El mundo cambió para siempre.

El 9 de junio va a ser recordado como un punto de inflexión. Ese día Anthropic lanzó finalmente Claude Fable 5, disponible para cualquiera con una suscripción Pro.

Tuve la suerte de probarlo. Y sí: es realmente sorprendente el poder que tiene. Un dato para entender la magnitud: Fable 5 comparte el mismo modelo de base que Mythos 5, la versión que Anthropic no liberó al público general porque sus capacidades en áreas sensibles como ciberseguridad ofensiva, conocimiento de doble uso, son tales que solo la habilitan para organizaciones aprobadas. Lo que usamos nosotros es ese mismo motor, con límites de seguridad adicionales.

Es decir: lo que te voy a contar lo hice con la versión con frenos puestos.

Ahora bien. Decía que ese día cambió el mundo. Y para esto vamos a necesitar ambientarnos. Como en el post anterior, esto va con sonido. Dale play y seguí leyendo.


Pensemos en Super Mario. Ya es un símbolo universal, casi patrimonio de la humanidad. Nació en 1981, en el videojuego Donkey Kong, de la mano de Shigeru Miyamoto y Gunpei Yokoi para Nintendo. En 1983 llegó Mario Bros, y en 1985 Super Mario Bros: ahí aparece el plomero (fontanero, para los españoles) que todos conocemos, con toda su iconografía.

Pero quiero concentrarme en algo. En los creadores.

Miyamoto era un artista que no sabía programar. Yokoi dirigía el equipo de producción que le puso código a esa imaginación. Entre todos, diseñadores, programadores y productores trabajaron en un proyecto, con tiempo, largas jornadas y una gigantesca cantidad de materia gris y creatividad humana. Un trabajo épico que posicionó a Nintendo como multinacional y marcó a millones de chicos.

¿Y qué tiene que ver todo esto? Porque este es un posteo de IA, no de videojuegos.

Tienen que ver. Aguantame.

Podés detener la canción de Mario.


Cuando probé Fable 5 no pude dejar de pensar en los videojuegos. Creo, estimo, supongo, por cómo viene la cosa que los millennials somos la última generación con una noción básica de lo que costaba lo digital. Y cuando digo costo, me refiero a costo humano. Varios de mi generación iniciábamos las primeras PC hogareñas con MS-DOS. Vivimos la aparición de Windows. Usamos disquetes de 3½ pulgadas con 1,44 MB de capacidad, y mezquinábamos las imágenes en los archivos de Word porque sencillamente no entraban.

Hoy muchas cosas son más simples. Pero hasta ahora, esa simplicidad estaba destinada al usuario. Para desarrollar productos digitales hacía falta saber. Conocimiento técnico, equipos, capital.

Eso cambió este 9 de junio.

Cuando fui a probar Fable, tuve una idea: diseñar un videojuego. De chico eran mi delicia. No podía creer lo que Super Mario hacía en mi televisor de tubo, podía interactuar con la pantalla, moverlo a mi criterio, pasar de nivel. Hasta hoy me pregunto cómo hacían para meter todo eso en un cartucho de Famicom, una consola de miserables 8 bits.

Probé con un prompt flojo de papeles, casi a propósito. De nada servía armar un prompt maestro para esta prueba. Fue casi burdo. Te lo dejo para que te rías conmigo:

Quiero que crees un juego en 3D ejecutable en lenguaje HTML. Debe ser corto y pequeño. Pero tiene que mostrar todo tu poder, el de Fable 5. Usa texturas de fantasía, imagino piel de dragón y esas cosas.

Mirá lo que hizo Claude con esa instrucción miserable.

¿Viste? ¿Lo jugaste? Me costó cinco minutos, desde mi teléfono de gama media corriendo Android.

Un videojuego multiplataforma. Casi gratis. Sin saber programar.


Y acá viene mi reflexión. En una época, equipos como el de Nintendo eran contratados y pagados por cosas técnicamente mucho más básicas que esto. Algunos se hicieron millonarios. Miyamoto necesitó capital, un equipo y años. Yo necesité cinco minutos y un prompt mal escrito.

Esa distancia es la medida del cambio.

Me imagino cómo se habrán sentido las personas durante la Revolución Industrial del siglo XIX. Desplazadas, reemplazadas. Su trabajo, su especialización, valiendo de un día para otro una fracción de lo que valía antes.

Estamos en una etapa de cambio de la sociedad moderna. Ninguno de nosotros sabe de qué va a trabajar en un par de años. Ya ni siquiera hablamos de décadas.

Y la otra reflexión: estamos siendo empujados. A nadie le preguntaron.

No puedo dejar de imaginar la bola de Indiana Jones rodando atrás nuestro. Todos corriendo adelante, y lentamente, algunos van quedando abajo.

La pregunta ya no es si la bola te alcanza.

Es qué hacés mientras corrés.