La ilusión de la comprensión en tiempos de IA
Es la primera hora de la mañana. Los alumnos acaban de entrar a la sala de clases. Mientras el profesor ingresa, todos se acomodan; aún se escucha algún que otro bostezo en la sala. Todos adormecidos empiezan a escuchar la clase del día. El profesor hace una introducción al tema de manera impecable, presenta una situación para desarrollar en las próximas horas de clase. Luego brinda el material para desarrollar la actividad: videos para analizar, una guía de preguntas y unas noticias para dar soporte. Sin dudas ha preparado previamente la clase con dedicación. Les da las indicaciones para el entregable: una presentación y un informe detallado del video.
Todos se disponen a resolver la actividad. Pero en los grupos siempre hay personas que son más predispuestas al uso de la tecnología. En este grupo, ese es Juan. Juan es muy inteligente. En este caso, toma su celular y carga todo en una herramienta de IA generativa, de éstas actuales que dan vueltas por ahí. Le carga el video, las instrucciones que les dio el profesor y le pide a la IA que también genere el entregable. En menos de un minuto se genera todo y se produce un material excelente, digno de un estudiante avanzado.
Juan descarga todo en su teléfono y lo entrega. Ni siquiera lo lee. Ha logrado resolver una tarea de una complejidad elevada en segundos. Y se ha puesto a mirar tutoriales de cómo tocar la guitarra, su máxima pasión.
El profesor corrige todas las actividades. Juan obtiene la nota máxima.
Este relato refleja una situación, una que empieza a aparecer en las salas de clase cada vez más. El acceso a aplicaciones gratuitas desde cualquier dispositivo y la carrera por generar herramientas cada vez más poderosas hacen que esto se haya convertido en una realidad.
Aquí podemos identificar varios aspectos que deben ser considerados.
La ilusión de comprensión. Es claro en este relato que Juan no procesó el tema. Es casi evidente que no ha comprendido lo que el profesor queria, porque no hizo la actividad. Pero fue calificado con nota máxima, y él piensa que la simple explicación que dio el profesor al dar las instrucciones o una lectura superficial le alcanza. El problema es que no hay esfuerzo intelectual. La tecnología reduce la fricción natural del aprendizaje. La IA actualmente está disminuyendo la fricción cognitiva. Se quiera o no. El problema es que los alumnos creen que han aprendido porque han brindado un entregable perfecto.
Lo indetectable de la situación. El profesor no se dio cuenta. No por mala praxis ni por malas intenciones. Simplemente los cambios son tan drásticos y rápidos que no todas las personas pueden seguir el ritmo de la misma manera. Y no detectar estas situaciones es un problema gigante. Aparte de la ilusión de la comprensión, los docentes pueden caer en la ilusión de que los alumnos han aprendido. Y en el peor de los casos, la calificación fue para un software de IA.
La simplificación del problema. Este es un aspecto muy importante, a veces lo más natural es caer en la simplificación de decir “se soluciona sin dispositivos en el aula”. Es un simplismo. No podemos gestionar la situación de esta manera, porque si bien en una primera instancia puede ser una solución, no se puede garantizar que un alumno esté sin tocar en todo momento de su vida un dispositivo electrónico con acceso a herramientas de IA. Supongamos que le damos la investigación para desarrollar en el hogar, ¿cuánto tiempo demorará en buscar un dispositivo y resolver la actividad?
La elección del razonamiento. Éstas situaciones van a aumentar. El mundo va para ese lado. Vamos camino a un futuro donde sentarse a pensar y razonar será una elección, no una necesidad. ¿Cómo los preparamos para entrar a un mundo donde será una decisión diaria el uso de IA? Incluso quizás el trabajo se convierta en una decisión constante sobre qué tareas delegar a la IA y cuáles realizar como humanos.
La respuesta natural. Juan terminó una tarea compleja en segundos y se dedicó a algo que realmente le interesa, tocar la guitarra. Aquí ya Juan no parece que haya hecho trampa, sino que hizo lo que cualquiera de nosotros haría: sacarnos de encima una tarea compleja y tediosa para dedicarnos a lo que más nos gusta. Casi que es la naturaleza misma del ser humano. Acá debemos pensar ¿Qué pasa cuando una actividad tediosa puede evitarse?
El tema central ya no es Juan. Es el cambio profundo que está atravesando el mundo y principalmente la educación. La IA no entró de a poco: irrumpió. Y el aula fue uno de los primeros lugares donde ese impacto se sintió con fuerza. Allí se usa, muchas veces, sin criterios claros ni marcos compartidos. Y ahí aparece el verdadero desafío. No porque alguien haya hecho algo mal, sino porque nadie estaba realmente preparado para este nivel de transformación. Ni docentes, ni alumnos, ni tampoco los padres. Básicamente la sociedad no estaba preparada.
Los alumnos piensan en sacarse de encima las actividades pronto. Pero no podemos culparlos. ¿Cuántas actividades nosotros mismos, como adultos, les hemos pedido a los agentes de IA? Ellos no tienen la culpa, pero sí necesitan atención urgente.
La ilusión de la comprensión va a tocar de manera muy marcada a estas generaciones. Ellos devuelven un entregable perfecto, obtienen una nota perfecta, pero no están desarrollando las habilidades clave que necesitan para el futuro que se viene. Pensando en el relato, si mañana le pedimos a Juan que explique el tema sin IA, ¿podría hacerlo?
Los adultos actuales y gran parte de la masa laboral pertenecen, en su mayoría, a la generación X y a los millennials. Éstas dos generaciones, y todas las anteriores, tienen una gran ventaja: son las últimas que crecieron desenchufadas. Saben como era el mundo sin estas herramientas. Entonces hoy tienen pensamiento crítico y habilidades que les permiten utilizar estas herramientas de manera más o menos óptima.
¿Pero qué va a pasar con las próximas generaciones? Estamos educando actualmente a la generación alfa. Una generación que debe enfrentar un futuro que nadie tiene ni la menor idea de cómo será. Una generación que tiene un riesgo altísimo de caer en la ilusión de la comprensión.
Aquí está nuestra responsabilidad como adultos, padres, docentes o simplemente como la generación que prepara a la próxima generación. Debemos darles herramientas a nuestros sucesores para enfrentar el mundo que se viene.
No hay respuestas simples.
No tenemos soluciones.
Quizás sea en un combo de pensamiento crítico con desarrollo de habilidades básicas y ciudadanía digital.
Aún no sabemos cómo hacerlo. Pero al menos empezamos a identificar el problema.
Y a veces, ponerle nombre a algo es el primer paso para entenderlo.