Passengers...
Para este tema, necesitamos rock. Rock del bueno, el clásico, ese que te revuelve las tripas. Dale play y después seguí leyendo.
Iggy Pop tiene una canción que describe a alguien yendo en auto, mirando el mundo pasar por la ventanilla. Las luces, las calles, la noche moviéndose afuera. El pasajero no conduce. No pregunta a dónde van. Solo mira. Y en algún punto, eso tiene algo de placentero. Ir sin decidir. Ver sin intervenir.
Pero hay viajes en los que no conviene ser pasajero.
Este es uno de ellos.
Durante toda la historia humana, los seres humanos fueron muchas cosas. Cazadores. Agricultores. Obreros. Consumidores. Cada época tuvo su manera de vernos, de necesitarnos, de usarnos. Y en cada una de esas épocas, el rol era más o menos claro: producís algo, consumís algo, ocupás un lugar en la cadena.
Pero nunca, en ningún momento de la historia, la humanidad entera fue vista como una fuente de datos.
Hasta ahora.
Y lo más extraño de todo es que no hubo un anuncio. No hubo un momento en que alguien dijera: a partir de hoy, cada cosa que hacés tiene valor como dato. Simplemente ocurrió. Fuimos entrando, uno a uno, a plataformas que nos pedían atención a cambio de conexión. Y sin saberlo, empezamos a producir algo que no sabíamos que estábamos produciendo.
Hay algo que no se dice mucho cuando se habla de inteligencia artificial: los modelos que usamos hoy aprendieron todo lo que saben leyendo lo que nosotros escribimos. No lo que escribieron los científicos o los filósofos solamente. Lo que escribimos todos. Cada foro, cada comentario, cada discusión ridícula de madrugada en una red social, cada artículo, cada receta, cada queja, cada declaración de amor mal escrita. Todo eso fue el combustible.
La inteligencia de estas máquinas está hecha, en buena parte, de la inteligencia colectiva y cotidiana de la humanidad.
De tus miedos escritos en un buscador a las tres de la mañana. De tus chistes por mensajería. De tus errores de tipeo. De tus conversaciones más banales.
Y ese combustible se está terminando.
No porque internet haya desaparecido. Sino porque ya fue procesado. Las grandes empresas de IA llegaron a un punto en el que prácticamente agotaron el material humano disponible de calidad. Los modelos más avanzados ya leyeron todo lo que había para leer en el internet abierto. Y ahora necesitan más.
Entonces hicieron algo lógico y un poco perturbador: empezaron a fabricarlo.
Las propias IAs generan datos para entrenar a las IAs que vienen. Una escribe, la siguiente aprende de lo que escribió la anterior. Suena eficiente. Suena a solución.
Pero tiene un problema que no es menor.
Cada generación pierde algo. Los sesgos se amplifican, los errores se heredan, el lenguaje se empobrece. Es como sacar una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia: en algún punto, la imagen se degrada hasta volverse irreconocible. Las máquinas que se alimentan solo de lo que producen otras máquinas empiezan a perder precisión, a repetirse, a alucinar con más frecuencia. Se alejan, lentamente, de la realidad que intentan representar.
Para que los datos sintéticos funcionen de verdad, necesitan seguir anclados en algo humano. Necesitan que sigamos ahí, produciendo, existiendo, generando la materia prima que ninguna máquina puede fabricar desde cero.
Entonces volvieron a mirarnos a nosotros.
Y acá es donde algo cambia. Porque la respuesta no fue esperar a que escribiéramos más en internet. Fue ir a buscar lo que todavía no estaba digitalizado: acuerdos millonarios con editoriales, plataformas de noticias, archivos históricos. Pagar por acceder a bases de datos que antes no tenían precio porque nadie imaginaba que pudieran tenerlo. Negociar el acceso a conversaciones, a registros, a patrones de comportamiento que generamos sin pensar que eran recursos.
Pero también empezar a registrar el mundo físico.
Porque el texto se agotó, pero el mundo no.
Cada cámara que graba una calle registra cómo se mueve la gente, cómo reacciona, qué elige mirar. Cada sensor en un dispositivo aprende cómo hablás, cómo respirás, cómo varía tu voz cuando estás nervioso o cuando mentís. Cada interacción con una pantalla deja una huella de cómo pensás, cuánto tardás en decidir, qué te genera duda. Todo eso es dato. Todo eso es combustible.
Todo eso sos vos, sin que nadie te lo haya pedido.
Nunca en la historia alguien necesitó tanto de la humanidad entera.
No de sus líderes. No de sus ejércitos. No de sus mercados. De cada persona. De cada gesto cotidiano. De cada segundo registrado de una vida que creíamos que era solo nuestra.
Y lo más inquietante no es que eso esté pasando. Lo más inquietante es que la mayoría lo sabe a medias, lo intuye, lo sospecha, y aun así sigue mirando por la ventanilla. Como el pasajero de Iggy Pop. Dejando que el paisaje pase. Dejando que otros decidan la ruta.
La pregunta que este momento histórico nos está haciendo no es técnica. No es sobre algoritmos ni sobre modelos de lenguaje.
Es mucho más básica y mucho más incómoda:
¿Desde cuándo somos una materia prima?
¿Y vamos a seguir mirando por la ventanilla?